“TRATADME COMO A UN PERRO”
-Pequerrechiña.
Cuando mi abuelo se
presentó con el acostumbrado regalo que acompañaba sus escasas vistas me
encontré esta vez con un descubrimiento. Con un gran descubrimiento.
Lo que me trajo se
trataba de la figuración, en material muy agradable al tacto, de una simple
“mariquita”. Pieza que era lo suficientemente pequeña como para producir
ternura y lo suficientemente mediana como para sentirte acompañada.
No era un peluche y no
se de que estaba hecha, pero el caso es que mi abuelo, rápido como el viento,
no dejó reaccionar a mi interior cuando éste iba a empezar a discernir si “me
gustaba o esperaba otra cosa”.
Porque nada más
ponerla en mis manos, me dijo con su guasa serio/divertida y charlatana
habitual: “Se llama Pequerrechiña. Y te quiere tanto que cuando estés tocando
el violín ella va a estar callada para no molestarte; te quiere tanto que
cuando estés durmiendo ella va a estar callada para no despertarte; te quiere
tanto que cuando estés viendo la tele ella no dirá nada para no distraerte; te
quiere tanto que cuando te vayas al colegio ella se quedará en casa tranquila y
en silencio para que no te preocupes”.
Solo tenía ese abuelo.
Dos abuelas y un abuelo, ese. Un abuelo que ese día empecé a ver como alguien
distinto.
Sin duda era porque yo
había hecho parvulitos en una guardería llamada PEQUERRECHOS por lo que mi
recién estrenado “animal de compañía”, por lo que su simplón pero mágico
regalo, se llamaba Pequerrechiña (amén de que de toda la familia fui la única
que nació en Galicia y pequerrechos en gallego significa “pequeñines”).
Mi abuelo, cuyo nombre
no cito por eso que llaman la protección de datos, ya era para mi algo muy
especial pero a partir de ese día, esa ocurrencia de convertir un vulgar juguete,
mudo por naturaleza, en alguien que “voluntariamente no hablaba”, unida a que mi mente
tal vez había crecido por dentro y captaba más cosas, me hizo empezar a
verlo como alguien digno de estudio.
Pues no va el muy
cachondo y al día siguiente, cuando mejor informada, le digo que se trata de
una “mariquita”, con voz de intelectual me justifica no sólo sus silencios (los
de la Pequerrechiña) sino que incluso me cuenta que si le pregunto “que si me
quiere” mirándole fijamente a los ojos y quedándome en silencio, ella, sin
hablar, para que se oiga, me va a decir que mucho. Y que me lo va a decir con la
mirada, que es como mejor se dice “te quiero”. ¿Habrá abuelo más zalamero?
Como no vivíamos en la
misma ciudad pasaron los años con encuentros muy espaciados y cortos. Aunque ocurrió
que mi entrada en la adolescencia, y en la universidad, y en lo amores
tempranos, me mantuvieron muy feliz estuviera él o no.
Eso sí, entrar en los
círculos de los adultos me permitió descubrir que abuelo era, o podría ser,
problemático en medio de un sociedad ñoño-conservadora. Porque era políticamente audaz y porque, como
un día oyó y con frecuencia repetía sonriendo pícaramente, él era de aquellos a
los que “les gusta el sexo por encima de la media”.
Esto, o que, también
copiando a otro, se definía como “promiscuo no practicante” tal vez le llevó a
escribir a escondidas textos escabrosos que rozaban lo pornográfico.
Estos relatos subidos
de tono, según supimos años después, eran 48. Y abarcaban desde algún
microrrelato hasta un texto de 400 páginas que escribió durante el
confinamiento de la pandemia del COVID-19 que le pescó solo (estaba
divorciado).
Sin embargo, tal vez
el detalle o la anécdota más significativa de su peculiar carácter fue cuando
nos expuso a la familia cómo debíamos actuar si perdía la razón, la memoria y
no se acordaba de nada. En ese caso, nos dijo “tratadme como a un perro”.
Lo decía sonriendo: “Tratadme
como a un perro”. Para pasar a argumentarlo. “Mirad, un humano es un animal-racional,
pero si pierde la cabeza, si deja de razonar, si deja de ser “racional” se queda
en un animal a secas, en un animal en estado puro. Y yo – seguía hablando- veo
que los perros son felices con los arrumacos de quienes les quieren, con los
achuchones de sus amos, con el reconocimiento visual u olfativo de quienes les
tratan bien. Así qué, si paso a ser vuestro perro y me tratáis como tal, seguiré
siendo feliz”.
-“Abuelo te tratare
cómo a mi Pequerrechiña”, dije yo para rebajar la humedad relativa del aire
ocasionada por algún lagrimal. Y en mala hora lo dije, pues no muchos años
después su deterioro mental arrancó a un ritmo trepidante.
Haciéndose más
evidente su decadencia cuando empezó a mencionar un único asunto, cuando empezó
a tratar un solo tema: Que dónde estaban sus 48 “relatos prohibidos”.
-“Abuelo ¿qué tal
estás?”. Y respondía: _-“¿Dónde están los 48?”. -“Abuelo ¿qué quieres comer?”. Y respondía: -“¿Dónde están los 48?”.
Su mente se deslizaba
por el tobogán de un absurdo. Empezó diciendo que habían robado sus 48 relatos
prohibidos y ahora no hacía más que preguntar por ellos.
El caso es que algo de
razón llevaba, pues la familia había decidido encontrarlos y, o ponerlos a salvo
o destruirlos según el grado de concupiscencia que alcanzaran.
Por cierto, antes de
seguir expongo aquí uno de los ya famosos 48 relatos, para que se pueda juzgar
de que hablamos.
ESCLAVA
Andrés (mi marido) ya
me había insinuado en varias ocasiones que fuera lo más simpática y “abierta”
posible con su jefe, y ahora, mientras desnuda pensaba en qué me iba a poner
para la fiesta que íbamos a dar, recordé las últimas palabras de Andrés, dichas
antes de pasar a recoger a su admirado jefe (“No me defraudes y tú serás la
primera beneficiada”).
Decidí no ponerme ropa
interior. Lo cual eliminaba la posibilidad de ponerme el vestido de seda blanca
por demasiado tenue y transparente. Me tomé un agradable baño pensando en cómo
actuar en esa fiesta a la que Andrés había invitado sólo a hombres (todos
superiores suyos en la empresa). En realidad, más que una fiesta era una simple
velada en nuestro chalet, con cena fría, para “estrechar-lazos” entre
compañeros.
Me cabreó un poco que
Andrés me “prostituyera”, en lo que podíamos llamar prostitución industrial,
así que al verme allí, imponente ante el espejo, decidí “pasarme”, por lo que
me puse el vestido blanco, justo el que me parecía demasiado escandaloso.
No solo era suave como
sólo la seda puede serlo, sino qué debido a mis potentes tetas y mis promiscuos
pezones, me hacía más incitante que aún desnuda. Pero es qué, además, por
delante, se abría en una larguísima apertura central hasta pocas pulgadas del
pubis. Pubis qué por otra parte, al ir sin bragas, se marcaba oscuro, debido al
vello, en la unión de mis muslos.
Desde luego, cada vez
que me sentara, si no ponía cuidado mi coño quedaría expuesto a aquellas
miradas que estuvieran atentas.
El jefe de Andrés
tenía poco más de 50 años, era fuerte y alto, tirando a grueso, y sin ser
atractivo, era lo contrario al señor bajito, repugnante y baboso que se suele
uno imaginar como magnate, o al menos esa fue la sensación que tuve el día que
me lo presentó Andrés.
Al oír el coche bajé
corriendo con la intención de estar en el vestíbulo cuando entraran. Oí la
campanilla y abrí….la sorpresa fue grande pues en vez del grupo de 4 o 5
hombres que esperaba, los que estaban bajo el porche era Andrés, su jefe, y la
señora de éste, bastante atractiva, por cierto.
Me sentí inquieta por
mi vestimenta, demasiado obscena, ante la presencia de aquella señora. Temía su
juicio más que si hubieran sido todos hombres. ¡Curioso!
Pero una señal de
Andrés, dándome un aprobado “cum laude”, me normalizó el alma y saludé gentil.
El jefe de Andrés se
llamaba Don Pedro (no había forma de desmontar el “Don” de su nombre; ni él
mismo ayudaba a ello porque le gustaba la situación). Y su mujer, bastante más
joven (sobre 35) se llamaba Concha y era guapetona aunque metida en redondeces.
Naturalmente sus
miradas me devoraban, aunque lógicamente más las de él que las de ella.
Se me veían los
pezones y se me traslucía el pubis.
Durante el ir y venir,
enseguida noté la proximidad de Pedro, rozándome con sumo cuidado, me refiero a
“con coartadas”. Pero cada vez más. Ello también le era posible porque Concha
parecía estar muy inclinada hacia Andrés, y ello nos iba dejando cada vez más
solos.
Al mirar desde la
terraza los alrededores, Pedro se apretó desde atrás contra mis nalgas,
haciéndome notar toda su virilidad. Le dejé hacer, aunque no tanto por el deseo
de Andrés como en premio a la osadía demostrada.
Después pasamos a
cenar y durante ese rato la ofensiva amainó, tal vez por tener la boca llena y
haber salido como conversación el tema “empresa”, lo que unido a que el ir y
venir lo teníamos que hacer las mujeres, pues….
En esas idas y venidas
Concha alabó a Andrés, felicitándome por el marido que tenía, e indicándome a
su vez del suyo que era mujeriego pero que ella no le importaba pues era poco
celosa.
A la hora de la
sobremesa Concha pidió a Andrés que le llevara a dar un paseo por el jardín. Yo
tenía una copa para ofrecérsela a Pedro que estaba sentado.
Entonces al quedarnos
solos le acerqué la copa y me senté frente a él en el sofá. El vestido se
descorrió y mis muslos, morenos y brillantes, quedaron desnudos. Cruce uno
sobre otro procurando exagerar la postura hasta ofrecerle parte de mi
humedecido coño.
Debí lograrlo pues sus
ojos quedaron como clavados durante unos segundos. Tratamos de hablar. Luego me
pidió que le enseñara la casa pues le gustaba mucho….Me tomó por un costado
durante el recorrido, presionando sus fuertes dedos sobre el flanco de mi teta
derecha. Temblé.
Cuando le iba a
enseñar el dormitorio cerró la puerta tras de sí y me arrebató contra su pecho,
besándome. Acepté el beso dejándole meter su lengua en mi boca, pero él fue más
audaz y metió su mano entre la abertura del vestido, tomándome con la mano abierta
mi empapadísimo coño.
Cuando pude respirar
cumplí diciendo: “Por favor Don Pedro”. “Calla -dijo, apretándome el coño hasta
hacerme daño-vas ser mi esclava”
“De eso nada”, dije
soltándome. “Lo vas a ser porque te gusto, porque tu marido depende de mí y
porque amas el dinero”.
Me volvió a
coger. “No quiero nada de usted”. Me
apretó un pecho hasta hacerme daño-placer a fuerza de tirar del pezón. “Me hace
daño”. “Quiero verte desnuda. Quítate esa impúdica túnica”.
“Lo voy a hacer, pero
no por dinero, ni por mi marido, ni por usted. Lo voy a hacer porque está
excitado y temo que además de hacerme daño cause un escándalo”.
Quedé desnuda ante él.
Sacó su poya, oscura y hermosa y se echó sobre mí hasta hacerme caer sobre la
cama. Me la metió con un leve movimiento y se puso a chuparme los pezones. Ora
uno ora otro.
Le sentía dentro,
joderme con habilidad y experiencia. La situación era perversa y obscena: él
vestido por completo, yo desnuda del todo; y unidos sólo por los genitales.
Su culo subía y bajaba
a velocidad de vértigo pero no se corría. Ello me emputecía segundo a segundo,
hasta hacer que mis caderas cogieran cada vez más ritmo coincidiendo con la
suyas.
Estaba gozando y
mucho, cuando de repente me la sacó y dijo: “Chúpamela”. Se puso en pie y me
arrodille ante él; le tomé el magnífico miembro y le rodee el glande con los
labios, lamiéndoselo con la lengua.
A las pocas lametadas
se corrió obligándome a tragar su semen.
Luego me pidió que
abriera la boca para ver caer el semen entre mis labios. Me sentí su esclava y
tuve ganas de correrme, pero no me hizo más caso. FIN
Como ven no es para
tanto, pero su obsesión por lo que había sido su tesoro escondido, su fijación por
sus 48 historias de sexo que según él le habían robado, no paraba de aumentar, desembocando esa pertinaz manía en no hablar de otra cosa
que del ya célebre número “48”.
Por eso o porque si,
el caso es que no tenía ya memoria para nuestros nombres, ni para las tareas
básicas de un adulto, ni para tantas cosas. Su vida giraba únicamente en torno a
sus “48 huellas del pecado”.
En buen estado físico como
estaba daba una falsa apariencia; salvo que te dirigieras a él, porque entonces
su mente sólo le daba una orden, que su boca repitiese: 48, 48, 48.
Hasta que llegó un día
en que vimos que “el problema no era el número 48, sino que aparecía escrito
dentro de todos los espejos”. Es decir, en todos los espejos de la casa,
pintado con carmín, estaba allí, el número 48.
En aquellas fechas, él
ya con 95 años y la familia menguada, fuimos los nietos quienes tuvimos que
resolver el internarlo, sobre todo cuando el psiquiatra interpretó que esa
obsesión del abuelo de escribir el 48 en todos los espejos era una forma
desesperada de buscar y buscarse, de verse, en aquello tan oculto de su pasado.
Mi inteligente y
sorprendente abuelo había perdido su condición de animal racional, ya sólo era
animal.
Por eso, por cariño y
obediencia, cuando le íbamos a ver a la residencia (su “colegio mayor” como la
llamaba aún cuerdo) lo tratábamos como a un perro; lo tratábamos como nos
pidió.
Y veíamos que
realmente disfrutaba y era feliz así. Tanto que para la próxima visita voy a
llevar a Pequerrechiña, que aún existe, aunque ya como una pelota vieja. Pero
por eso precisamente y como tal, se la voy a tirar a lo lejos para que vaya, la
coja y la traiga. Y aprovechando que está físicamente en forma, jugar y jugar y
jugar, como siempre hicimos, pero con más ternura y cariño todavía. Jugar sin
parar, como quieren hacer todos los seres humanos.
Jugar y luego,
agotados, abrazarnos. Sus fuertes abrazos parten el alma. Abuelo.
FRANCISCO
MOLINA MARTÍNEZ. Zamora. 26 de Abril del 2026
El problema no era el
número 48 sino que parecía escrito dentro de todos los espejos
