sábado, 31 de diciembre de 2011

Las kamisidas. (relato de verano)



                                            LAS     KAMISIDAS


La vomitona del Presidente de los Estados Unidos, mantenida por continuas arcadas, seguía cayendo sobre el cadáver homenajeado del máximo mandatario griego, y  unos quinientos millones de personas de todo el mundo contemplaban en sus aparatos de televisión esa desagradable y brutal escena, sin tiempo para otra reacción que la del nacimiento reflejo de arcadas y malestar propio.


            Hay momentos que por su especial composición de sensaciones tienen el poder de hipnotizar, de detener o amortiguar, la capacidad de actuación de la gente. Cuando la fila del Presidente y Primeros Ministros de los principales países de Occidente desfilaba ante el ataúd en el que descansaba el cuerpo sin vida del, hasta hacia pocos días, egregio mandatario helénico, no era de modo alguno imaginable que uno de ellos, al inclinarse sobre el catafalco, para depositar una condecoración póstuma, iba a sufrir las convulsiones características de un vómito, y mucho menos que éste fuera tan abundante y violento que impidiera al afectado evitar que lo que su boca arrojaba cayera sobre el cadáver del dirigente del país aliado.


            Naturalmente, todo esto resultó tan desagradable, extraño, desconcertante, morboso y sorprendente, que hasta los mismos encargados de la televisión- cámaras, realizadores y directivos- quedaron  petrificados, y los objetivos de sus máquinas se convirtieron en los ojos del estupor.





                                                           I


            El Presidente del Estado Griego había sufrido una tensa y breve enfermedad según sabía la opinión pública, si bien los círculos próximos al interesado podían afirmar que había sido, hacía ya varios meses, cuando le vieron empezar a decaer. Los médicos empezaron a actuar unas semanas atrás, pero el enfermo, absurdamente según su criterio científico, se les fue de las manos.


            Su entierro, que debería ser precedido de un solemne funeral, se convirtió, por consenso de los primeros ministros de los países de la Alianza Atlántica, en un acto que reafirmaría la conexión y la unidad del mundo libre, y por ello, allí en Atenas estaban los Jefes de Gobierno de la totalidad de países occidentales o pro-occidentales.


            Sólo había faltado el representante de los Países Bajos por culpa de una gripe inoportuna.





                                                           II


            La brigada “G” se reducía a cinco personas. Todas hombres. Su misión, especial, de alto secreto, extremadamente delicada y patriótica, la habían realizado con ese rigor y frialdad que sin duda lleva al éxito en el trabajo, pero que, sin duda también, sirve para reconocer a los agentes de la KGB soviética.


            Consistió aquella en cuatro fases: búsqueda, selección,  preparación y ejecución.


            No les fue difícil encontrar en su vasto país mujeres de extraordinaria belleza y atractivo. Al contrario, fue tal el número de las elegidas que la dificultad que no tuvieron en esta primera parte de su trabajo, se acumuló tensamente en la fase siguiente, la de la selección, y ello a pesar de la abundante documentación que tenían sobre los gustos de los 16 objetivos.


            Una vez seleccionadas 137 hembras de armas tomar y capaces de convertirse en perversas flautistas de Hamelín que atrajeran tras ellas a todos los machos de los alrededores, para arrastrarlos hasta el basurero más cercano, se dio paso al momento más delicado y peligroso de la operación. ¡Había que convencerlas para que colaboraran!


El orgullo de llegar a ser salvadoras de su patria, la satisfacción de vivir en un mundo de lujo y embrujo, y la alegría de poder realizar un trabajo basado en la seducción, fueron cebos que en el alma femenina forzosamente habían de demostrar su eficacia, pues no en vano patriotismo, hedonismo y sexo son categorías que en la escala de valores machista están en los lugares más elevados, y bien es sabido que lo que los hombres piensan, en toda la sociedad se convierte en ley.


                        Sin embargo, lo que fue fácil hasta ahí llegó a un punto en que fue necesaria la intervención del Secretario General del PCUS y Jefe del Estado de la Unión Soviética. Sólo su enorme poder y su extraordinaria capacidad de persuasión podían conseguir el milagro. Y lo consiguió, aquellas preciosas criaturas debían dejarse inocular virus del SIDA. Así fue.


Antes de ello se les enseñó todo lo que existía conocido sobre prácticas sexuales en los cinco continentes y en las cinco civilizaciones que sobre la tierra han existido. También fueron animadas a contarse unas a otras qué tipo de sensaciones y caricias las excitaban más, pues ya es sabida la norma básica de la seducción: Es la excitación propia la que más excita la ajena.





                                                           III


            Cuando esta centena larga de mujeres llegó a Occidente y fue estratégicamente distribuida en distintos ambientes y circuitos, propicios para el encuentro con los jefes de gobierno de los Estados Miembros de la OTAN, había empezado la última etapa de un espeluznante plan: Más pronto o más tarde, aquellos hombres -si los presidentes lo eran- o sus esposos -si los presidentes eran señoras- aceptarían o sugerirían el apareamiento con alguna de aquellas fascinantes mujeres, ya que a nadie se le escapa que los grandes hombres también tienen momentos de esparcimiento. Si bien, como es lógico, tales encuentros se producen con la máxima discreción y garantía y, por supuesto, con grandes hembras..


                                                           IV


            Una vez producidos dichos contactos con aquellos cuerpos invadidos de SIDA, los anticuerpos harían el resto, y en un plazo de tiempo más bien breve la NATO se vería sin dirigentes, lo que sería aprovechado por los países del Este para invadir todo el Planeta.


                                                           V


            Y así, según lo previsto fue sucediendo. El Presidente Griego, el estadounidense, el de los Países bajos, uno tras otro y sin que frenara la epidemia, fueron muriendo ante el estupor de todos sus pueblos. Los cuales no sólo no se explicaban la rapidez de las muertes, sino que ni siquiera sabían de qué morían ya que ello fue declarado secreto en todo el mundo  por orden del Estado Mayor de la Estructura Militar Integrada de la OTAN. Aunque también es cierto que hasta que murió la primera ministra británica, ni ellos mismos sabían, ni supieron lo que ocurría, ya que los médicos no investigaban en lo que ni se les pasaba por la imaginación.


                                                                       VI


            Pero los comunistas, una vez más, se habían equivocado, y no repararon en la tradicional fidelidad de los españoles, que esta vez, como todas las virtudes, premió al matrimonio formado por el Presidente del Gobierno y su esposa, lo que permitió que aquél, sano y lúcido, encabezara la gran ofensiva que tuvo que iniciar el mundo libre para dar un escarmiento.



                        Así, una vez más, fue un español quien acaudilló la Salvación de Occidente.                                                                

Pacomolina

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