viernes, 14 de octubre de 2011

La tía buena (homenaje a la familia carnal)


                                                           LA  TÍA   BUENA



El coche, resplandeciente y potente, iba a una buena velocidad. Como era un modelo silencioso hacía más evidente la áspera discusión entre los padres de Andrés.

Éste, sentado atrás, leía “ La vuelta al mundo en 80 días” y sintió que el sabor agradable que producía aquella emocionante lectura se quebró por el amargo sabor de comprobar una vez más que sus padres se chillaban haciéndose daño. Fue como si tras una racha de ricas pipas de repente masticáramos una pocha. La boca se le llenó del desagradable sabor de la amargura



I

Hizo un esfuerzo por concentrarse en el libro, ya se cansarían, lo mismo que otras veces. Como había metido su cabeza en la lectura igual que el avestruz la mete bajo el ala, no se dio cuenta de nada,  y sólo recordaba su propio nombre pronunciado a dúo y a gritos por su padre y su madre: ¡¡¡ANDRESSSSS!!!



II

Tenía 12 años. Volvían a casa precisamente después de haber ido a Zamora a celebrar los cumpleaños del abuelo y el suyo. La casualidad había jugado de forma tal que él había nacido 73 años después que el padre de su madre.

Ahora él sabía que era huérfano.



                                               III

No tenía una conciencia clara de cuánto tiempo llevaba en el hospital. Sí sabía, porque lo había oído, que había estado prácticamente desahuciado y sólo ahora parecía que su organismo se fortalecía. Sin embargo, su cabeza vendada recordaba lo más grave: no veía y había dudas sobre si recuperaría la vista.



                                               IV

La muerte de sus padres, la gravedad de sus heridas, su posibilidad de quedar ciego, su edad y lo conocida e influyente que era su familia, le habían convertido en el niño mimado del sanatorio, y sobre todo en el Príncipe Valiente de las enfermeras, nombre con el que le habían bautizado en un afán noble de insuflarle valor al tiempo que se describía la realidad. Porque en efecto, Andrés se estaba portando como un valiente.



                                               V

Para afrontar la fase de recuperación trató de imitar la fuerza y el valor de tantos héroes como había conocido en sus lecturas. Los fisioterapeutas quedaron asombrados de su pundonor y coraje, más si tenemos en cuenta que no veía.



                                               VI

Cuando le comunicaron que sus padres habían muerto quedó paralizado, bloqueado, imperturbable y como vacío. Sólo las lágrimas, que caían sin parar por sus mejillas, manifestaban sus sentimientos

Desde que le dijeron que ya tenía uso de razón y aún desde antes, recordaba a sus padres peleándose, discutiendo, insultándose. “Si no fuera por el niño ya me habría divorciado de ti”. Cuantas veces le oyó esta frase a su madre y cuántas la oyó a su padre .

Pero los dos, como uno solo, habían gritado su nombre, ANDRÉS, para avisarle, seguramente, de que iban a tener un accidente.

                                              

VII

            Las familias de Andrés, la materna y la paterna, tras sufrir el dolor por la muerte de la hija y hermana, y la del hijo y el hermano, según correspondiera; empezaron a sufrir la duda de qué hacer con el muchacho, quién se encargaría de él.

Más le valía haber muerto como sus padres, tan pequeño, huérfano y ciego”.

            -“Por favor mamá, no digas eso, es tu nieto, su padre lo adoraba y nos tiene a nosotros”-la que así hablaba era Lucía, tía de Andrés, hermana del padre.

            -“ Y hoy, ser ciego, con lo de la ONCE y el cuponazo no es problema”.

            -“Eres un impertinente Carlos. Parece mentira que hables con esa frialdad de tu primo. Mamá este hijo vuestro está estropeado de tanto como le habéis mimado”.



                                                           VIII

            Carlos tenía 16 años. Era primo de Andrés y resultaba, quizás por la edad, una de esas personas incapaz de compaginar su interior con su exterior, de manera que aparecía  frío o bruto, cuando en realidad tenía un gran corazón. A Andrés le resultaba como un ventilador que refrescaba su ambiente, con esa forma irreprimida de ser. Solía visitarle y le ponía al día, aunque le daba igual, sobre cuál era la enfermera que merecía la pena, sobre de qué médico debía cuidarse o sobre el último número de los cuarenta principales. Carlos, en sucesivas visitas, le leyó lo que a Andrés le faltaba para completar “La vuelta al mundo en 80 días”.



                                                           IX

            Pasaron los meses y a la tragedia del accidente IMPREVISTO, se unió la tragedia de la detención de Carlos, PREVISTA (¿).

            Resultaba que hacía unas semanas había caído en el tenebroso pozo sin fin de la heroína. Su necesidad de dinero para conseguir la dosis, unido a su carácter cariñosón y familiar, le impulsó a buscar la pasta lejos de casa, haciendo grupo con una pareja de antiguos y decadentes hippies..



                                                           X

            Cuando a Andrés le quitaron la venda de una manera definitiva seguía sin ver. Ello no obstante no le hundió. Los médicos pusieron la esperanza en una operación, la gente le mimaba, las enfermeras le animaban, se sentía protagonista y centro del mundo, y además, tenía miedo a abrir los ojos y no ver a sus padres.

            Le compraron unas gafas de sol para que no aparecieran en la cara aquellos ojos sin expresión que perturbaban el ánimo de quien le miraba.



                                                           XI

            El problema que creó en la familia la detención de Carlos, unido a otros problemas más cotidianos, hicieron que Lucía determinase acoger a Andrés en su casa.

            Ello a pesar de que Lucía tenía una niña de poco más de un año y estaba separada de su marido.

            Era profesora de Enseñanzas Medias, vivía en Madrid y había insistido en ser ella la que se llevara a Andrés. Sus amplias vacaciones, unidas al hecho de que el chico seguiría en Madrid cerca de los médicos, especialistas de prestigio que necesitaba, hicieron que el conclave familiar aceptase la insistencia de ella.

            Así, tras el verano y ya en Octubre, Andrés empezó a conocer a tientas el piso donde viviría con Carmeliña y su madre Lucía -tía Lucía-.  Durante unas horas  al día también estaría en el piso una asistenta.



                                                           XII

            Por el día la chica atendía a la pequeña y hacia todo lo de la casa. Lucía se acercaba a casa casi dos horas durante las comidas y siempre que se lo permitía su horario. A Andrés le apetecía que su tía estuviera en casa, se sentía más seguro. Así empezó a esperar los fines de semana con ganas.

            Al principio, esos fines de semana, siempre venía alguien más de la familia a verle y a atiborrarle de regalos. Pero lo que más agradecía era oírles hablar. “Que hablen, que hablen, así noto moverse la vida”, se decía.

            Por lo visto debía haber crecido mucho con sus más de cinco meses en el hospital y el paso del verano, según comentaban todas las visitas. Él sin embargo no tenía ni un dato propio sobre cómo era ahora. Temía hasta el tocarse, por miedo a descubrirse cicatrices, pues pensaba que tanto tiempo en los quirófanos tenía que estar marcado en la piel.



                                                           XIII

            Le gustaba el olor de Lucía y sentía algo extraño, que podía catalogarse de muy agradable, cundo la notaba cerca.

            Su tía le iba dando cada vez más responsabilidades para que se sintiera involucrado en la vida. No obstante ella, le leía libros, le ayudaba en los ejercicios de recuperación que ahora podía hacer en casa, le vestía, le daba en fin, la movilidad y la vista que le faltaban. También le daba, y sobre todo, cariño,

            Incluso le pedía a veces que sujetara a su propia hija Carmeliña, a él que apenas podía moverse.

            Andrés sintió crecer su admiración por su tía Lucía, a la que recordaba muy guapa, y más moderna que su madre. Lucía tenía 27 años.



                                                           XIV

Empezó a querer no sólo que su tía estuviera en casa, sino también que no hubiera nadie más. Bueno, salvo la pequeñarra, claro. Además le resultaba muy agradable el olorcillo que desprendían madre e hija cuando era la hora de mamar. Todo se inundaba de un especial aroma a leche materna.

Empezó a sentirse a gusto y a esperar con ganas que llegaran determinados momentos, empezó a gustar de la vida, a entusiasmarse, a ir, en definitiva, resucitando.



                                               XV

Un día vino el ex marido de Lucía. Le dijo a Andrés que ya no era un niño, que era todo un muchacho y muy atractivo. Luego, para hablar, se fueron los dos, el antiguo matrimonio, al cuarto de ella. La niña, que estaba en el salón, lloró, pero nadie vino a atenderla. Andrés, sin saber precisar por qué, se sintió mal, cabreado, furioso.

Cuando se fue tío Alfonso, Lucía pidió disculpas a Andrés por no haber venido cuando lloró la niña. “No podía entonces”. Andrés captó que ella estaba triste. Luego, mientras atendía a la niña se lo confirmó.

“Mira Andrés, cuando seas mayor respeta a las mujeres que no temas, no te aproveches de sus debilidades si las tienen, y ante todo se dulce. La pasión con la que queremos que nos cubran a las  mujeres es la dulzura”

Andrés no entendió muy bien el mensaje, no tenía aún siquiera 13 años, pero si captó el estado de ella: Estaba abatida, golpeada en el alma. Y todo por culpa de aquella visita.

-¿No querías estar separada?- preguntó él.

-Alfonso y yo sólo podemos estar separados. Lo que duele es que eso siempre se sepa a destiempo, y que las cicatrices parezcan ser inevitables.



                                               XVI

Los días iban pasando de una manera homogénea, ensamblando las piezas de aquella casa, ensamblando las piezas de aquellas vidas. La rutina que Lucía había tratado de imponer para favorecer la recuperación de Andrés, se iba adueñando de la situación.

“Porque Andrés, pensaba Lucía, tenía que recuperarse de unas heridas que le habían dejado sin “su” cuerpo, de una ceguera que le había dejado sin “su” mundo, de una orfandad que le había dejado sin “sus” padres y de una edad que le había dejado sin “su” niñez”

Andrés tenía que recuperarse de tantas cosas que Lucía centró su esfuerzo y energía en ser el Cirineo que le ayudara a llevar aquellas pesadas cruces. Y hasta tal punto convirtió esa tarea en su deber, que hasta cuando ocasionalmente venía a verla se ex marido, solía ceder a sus egoísmos, con tal de evitar cualquier brusquedad que alterara el pulso de la casa.



                                               XVII

Andrés había aprendido a mimar, a querer especialmente, algunos momentos del día y algunos días por sus momentos. Entre los primeros estaba la hora de la tele: Tras la cena, con la niña acostada, entonces su tía hablaba con él; hablaba mucho y muy pegada a él en el sofá. Entre los segundos estaban los sábados, día en que ella le ayudaba a bañarse; se creaba a esa hora una atmósfera especial, con una enorme humedad relativa del aire debido al vapor que desprendía el agua caliente, y una enorme intimidad relativa del ambiente, debido a causas que Andrés no sabía discernir.

Lucía sugirió cambiar el baño de los sábados a los viernes y empezar ese mismo día 20 de Noviembre, viernes.



                                               XVIII

-“Tía, ¿se me notan mucho las cicatrices?”.

-“Que va!. Te operaron los mejores cirujanos y eso si que se nota. Lo que se no se notan son las cicatrices. ¿Por qué lo preguntas?”.

Esta conversación la mantenían envueltos en la calurosa bruma del cuarto de baño, lleno de luz, vapor y calor. El estaba desnudo, en la bañera, aún de pie, y ella le pasaba la esponja por el cuerpo.

-“¿ Por qué lo preguntas?”

-“Tengo miedo a dar asco. Fíjate, desde antes de aquél día - se refería al del accidente- no me toco”.

-“Pero Andrés, vida mía, estas loco. Pero si eres un chico majísimo. Y además, con la gimnasia de la fisioterapia tienes un cuerpo de muchacho de 15 añotes, más que uno de 13 que tienes”.

-“ ¿ De verdad? ¿Te gusto?”

-“Eres muy guapo, Andrés, muy guapo”.

El pene de Andrés empezó a crecer, irguiéndose enhiesto. El no sabía lo que pasaba, aunque si sentía algo profundamente extraño. Ella, que había admirado la rápida evolución que había experimentado su sobrino en los últimos meses, contempló, excitándose, el estirón del miembro. Y como si alguien le guiara la mano, le frotó la esponja por los genitales.

Él bajó la mano y palpó algo de si mismo que le pareció extraño

-“¿Qué me pasa?”

-“No te pasa nada. Ocurre lo que ya te dije, que ya eres un hombre”.

-“Tengo hinchado el pito”

-“Sí, está muy tieso. Pero eso no te tiene que producir angustia; te tiene que producir alegría y placer”

La palabra placer  pareció colocar mejor las cosas dentro de la cabeza del chico, que en principio no sabía lo que notaba.

-“Me siento extraño”

-“Estate tranquilo. Eres ya un adolescente y lo que te está pasando te tenía que pasar. Tienes ya caracteres sexuales secundarios: sombra en el bigote, algunos pelos en los sobacos y bastantes más en los testículos. Aquí (y se los cogió con la mano). Y lo que tú llamas tener el pito hinchado, no es más que una erección viril”

-“¿Y por qué se produce?”

-“Porque te sientes a gusto.¿Verdad?”

-“Sí tía, sí. Y cuando pasas la mano por ahí siento cosquilleo”

-“Claro Andrés, es el placer que hace que los hombres busquen a las mujeres para procrear”.

-“Y ¿qué tiene que ver el placer con la procreación?”

-“Ya sabes cómo se tienen niños, porque lo hemos hablado. El pene coloca dentro de la vagina de la mujer el semen con los espermatozoides; pero para poder entrar en ese agujero de la mujer, tiene que estar así, como está el tuyo ahora, duro. Porque si no está duro se dobla y no entra, lo mismo que un hilo no puede enhebrar una aguja sino lo ponemos tieso con saliva.”

-“Pero sigo sin entender qué tiene que ver el placer con la procreación”

-“El placer hace que el pene se os ponga en erección, y si sigue el placer hace que el pene dispare semen, como una pistola de agua, a ráfagas.”

-“Entonces ¿me ha crecido porque he sentido placer?”

Lucía que no era una experta en hombres y su asignatura era Latín, creyendo lo que decía respondió: “Sí”.

-“ Pero....yo no se lo que es el placer, y además, ¿por qué iba a sentir placer?”

-“A lo mejor porque te gusto”.

La espontaneidad de ella era como si obedeciera a un imán extraño y oculto, lo mismo que también parecía ocurrirle a su naturalidad, la cual hacía que siguiera acariciando muslos y nalgas del sobrino.

-“Recuerdo que eras la tía más guapa que tenía y que se lo decía a mamá, pero he olvidado como es tu cara”.-Alargó las manos para palparla y recordó que quien le había enseñado, entre bromas y veras, a ejercer de ciego palpando las caras fue su alocado tío Carlos.



                                               XIX

Debía haber otro imán, también extraño, que a su vez arrastraba a Andrés hacía algo completamente     indefinido.

Por eso tal vez, cuando sus manos acabaron de recorrer la bonita cara de Lucía, bajaron por el cuello y los hombros, lo que hizo que ella se irguiera  y se pusiera a respirar tan profundamente que produjo descargas eléctricas en el ambiente. Andrés siguió bajando las manos, y redondeó y presionó, lo cual repitió aún otra y otra vez.

-“Son las tetas. Estoy desnuda por si me salpicas”

-“Son muy grandes”.

-“No son muy grandes. No, no me aprietes los pezones....de dar de mamar a la niña los tengo ahora muy sensibles”.

-“Al acariciarte siento placer. ¿Sigue mi pito tieso?”

-“Si Andrés”

-“¿Y cuánto placer hay que sentir para que salga el semen con los espermatozoides?”

-“Depende de cada hombre”.

-“Siento placer al sentir tu carne en mis manos. ¿Si te sigo acariciando las tetas me saldrá el semen?”.

-“No, es necesario que además algo frote tu sexo o que tu sexo se frote contra algo”.

-“Tía”

-“¿QUÉ?”-Los ojos de ella estaban en el órgano tieso y erecto del sobrino, y las manos de éste, en los inflados y llenos de leche, pechos de la tía.

-“¿Esto es pecado?”.

-“¿Por qué iba a serlo?”—Respondió, alegrándose de que el chico fuese ciego y no viera como se ponía colorada al formarse un cortocircuito entre su conciencia y la humedad que fluía por su vulva: Estaba tremendamente mojada.

-“Una vez vi una película de dos rombos y lo único que salía que no se ve en las otras películas, eran cuerpos desnudos”.

-“Todo esto es natural. Sí, estamos desnudos los dos. Pero tú porque te están bañando y yo para no mojarme”.

-“Pues si no es pecado.....”.-El chico se calló haciendo que una de sus manos dejara de hacer el cuenco en las tetas de ella y subiera a recorrerle la cara de nuevo-“ ¿Algún día harás que me salga el semen?·

-“Si quieres....Aunque lo puedes hacer tú”.

-“Sí, ¿Cómo?”.

-“Frotándote”

-“¿Cómo?”

Ella le cogió la mano y se la dispuso en torno al juvenil y empalmado miembro. También ella misma le deslizó la mano desde el rugoso y gran escroto hasta el flamante glande de prepucio circuncindado.

-“Haciendo este movimiento, el placer llegará a ser el suficiente como para que salga tu semen, lo mismo que cien  grados es la temperatura suficiente para que hierva el agua.”

-“Quiero que sea hoy”-dijo el muchacho, y un silencio de intimidad invadió la cálida estancia. Con una torpeza que confirmaba que era la primera vez, pero con un aprendizaje que indicaba que el placer es un buen maestro, Andrés masturbaba su miembro viril con inusitada contundencia.

Como un reloj de pasión, descendiente de los relojes de arena, las sacudidas, las caricias del joven, se convertían en ritmo pendular que iba marcando el tiempo; tic, tac, tic ,tac....

-“Aaaahy,aaaaaaaahy,aaaaaaaaaaaaaaahy”-El semen salió lanzado hacia arriba, y como si tuviera retroceso, el cuerpo del muchacho, embriagado de placer cayó hacia atrás. La sensación del orgasmo fue tan intensa y fuerte, y tan dentro de su cabeza, QUE RESULTÓ COMO SI EL SISTEMA NERVIOSOS SE ILUMINARA. Abrió los ojos, que sin duda había cerrado por instinto y....sintió el relámpago de la luz y el rayo de una visión.

Pegada contra la pared de enfrente, de pie, con las piernas separadas y las dos manos entre ellas, Lucía estaba raptada por el deseo. Cerró los ojos, y al abrirlos, no del todo pues le molestaba la luz, le vio vibrar y estremecerse, mientras ella resbalaba  pared abajo hasta el suelo, dejando sus piernas abiertas ante él.

-“Tía”

-“¿Qué tal, Andrés”

-“Tía”

-“¿Te ha pasado algo?”- y se levantó rápida.

-“Tíaaaa!!!!!”.

-“Andrés!!”

Y al verla venir hacia él, esbelta, tan guapa, y con el embrujo que le producía el placer, Andrés gritó aún más entusiasmado de alegría.

-“Veo. Veo. Veo.”

-“¿De verdad?.¿De verdad me ves?”

-“Si tía. Te veo. Te veo. Qué maravilla”

-“Es fantástico Andrés. Es fantástico. Voy a llamar a casa a contarlo para que se enteren todos. Oh! Dios mío. Gracias, gracias”- y salió corriendo, así, desnuda, a su habitación, para llamar por teléfono.

Según marcaba, comentó a gritos. “Andrés, pensar que cuando tu padre era como tú les decían que si se masturbaban perderían la vista y tú, su hijo, la ha recobrado pelándosela. ¡Es fantástico!”.

                                              

                                               XX

-“Dígale a mi madre que se ponga”-Y mientras Lucía  esperaba que al otro lado del teléfono sonara la voz de la abuela de Andrés para darle la gran noticia, éste entró.

-“Tía”-Ella volvió la vista; lo vio desnudo, hermoso y brillante, tendiéndole la mano. No hizo falta ni una palabra; Lucía, que estaba sentada al borde de la cama, se giró y extendió en ella, recibiéndole sobre el cuerpo. –“Diga. Diga”-, gritó el teléfono antes de que lo colgaran. En silencio siguió todo lo demás, generando del cariño pasión, del deseo placer, de la juventud furia.

Cuando amanecía, ella, sudorosa, sabía que él seguiría pasando por ciego mientras pudiera; estarían así juntos todo el tiempo posible.

Él, sin conocer el interior de ella, se lo pidió:- “No digas a nadie que veo”.

-“No lo haré si tú no quieres”.

-“Eres una tía buenísima”

-“Si. Y tú un chico muy pícaro. Con razón dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver.



                                                           XXI

Meses después, cuando atiborrados de amor y felicidad, decidieron informar al mundo de que Andrés había recuperado la vista, Lucía, que era agnóstica, es decir que no creía en Dios pero temía que existiera, propuso que fueran a Lourdes y dijeran después que se había producido un  milagro.

De risa, Andrés cayó de la cama donde estaban y se golpeó la cabeza, perdiendo de nuevo la vista.

Lucía le animó diciéndole que no se preocupara, que ella le curaría, sabía cómo.

Dispuso todo para una sesión de SEX-SHOCK o electro choque sexual...-pero esta vez siguió sin ver..y es que aunque parezca mentira NO TODO LO ARREGLA UNA TÍA BUENA



                                                                       Paco Molina Martínez




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