martes, 21 de julio de 2015

LA DONCELLA ESPOSA

LA DONCELLA ESPOSA

 "Y esa soy yo antes de operarme la nariz"

Vicenta recordaba la frase y el momento en que su señorita se la dijo. No podía dormirse y, no es que aprovechara para pensar, es como si fuera su cabeza la que se aprovechara de la situación para ponerse a repasar el día, casi contra la voluntad de ella.

Fuera de la cama, el frío. Era un frío de madrugada, que como cada noche de aquel crudo invierno había buscado techo en aquella casa que apenas lo combatía con una estufa de butano.

¡Qué dolor de cabeza le levantaba a Vicenta el butano! No estaba sola en la cama pero se sentía como si lo estuviera. Su marido era gordo. Había echado barriga, pero no de comer bien, simplemente debía deberse a la dieta forzada, a base de patatas viudas, con que tenían que amortiguar el paro de él

El paro de él, ¡qué angustia!, había sido como un adulterio que hubiera distorsionado toda la familia.

Antúnez, como ella solía llamarlo, no era el que fue su novio, bueno, trabajador, algo feo y tocón. Su carácter era violento, dedicaba el día a beber cerveza (eso también engorda) y holgazanear (su único esfuerzo consistía en intentar ganar al tute en el bar); su aspecto era sucio en consonancia con la realidad, se aseaba poco y a Vicenta, que un día le amó, le daba asco.

Ni había amor ni hacían el amor; lo que hacían, cuando hacían algo, era que él, impulsado por el sopor del alcohol, de siglo en siglo, se ponía sobre ella y Vicenta para evitar la bronca le dejaba hacer, colocaba el miembro entre los muslos y mientras él gruñía junto a sus fofos y caídos pechos, esperaba paciente a que aquel sucio líquido que le dio dos hijos saliera de una vez.

Sus hijos eran lo que le animaba a seguir, decía Vicenta, porque lo había oído en alguna parte y más de una vez, pero en realidad no era cierto, sin ser malos chicos la mataban a disgustos, estudiando poco, destrozando zapatos, contestándole cuando les reñía, sin pisar por casa, ...

Le dolía la cabeza y tenía ganas de gritar. Tal vez llorar le aliviaría, era lo que le pedía el cuerpo, llorar sin parar, hasta que aparecieran sus padres y la consolaran, llorar sin parar, hasta que apareciera su primer novio y le regalara flores, llorar sin parar, hasta que las lágrimas borraran el mundo, su mundo.

Pero de su cerebro salían órdenes de no llorar. Absurdo, porque además Vicenta no era orgullosa, ¿por qué habría de serlo?

Siempre se vio fea, culona y muy velluda; menos mal que le encantaba bailar y eso le hizo no perderse ni una de las fiestas de su pueblo, ni de los de alrededor.

En un baile supo que podía gustar; tanto él como ella eran unos pipiolos, pero él le regalaba flores, las iba cogiendo por el camino cuando la iba a buscar los domingos y fiestas de guardar.

Luego se hizo novia de Antúnez, porque su primer amor hacía años que había cumplido la misión de todos los primeros amores, hacer de la adolescencia algo entrañable y desaparecer.

Antúnez era como ella, de poca estatura, estuvieron de novios sus buenos seis años, que, chasco para ella, después de tanto avergonzarse de un noviazgo tan largo, ahora resultaba que fueron los mejores años de su vida: hacía corte y ayudaba a su madre en la casa, tenía novio, iba al cine, seguía los programas favoritos de la tele y ocasionalmente se masturbaba sin saberlo, cuando él la había tocado tanto que luego ella, por la noche, no conseguía cerrar los ojos.

Hoy sería incapaz de volver a bajar sus manos al coño y agarrárselo con fuerza, mano sobre mano y apretando esperar, hasta que le venían aquellas extrañas sacudidas que tanto le aliviaban, trayéndole el sueño.

Se había tenido que poner a servir hacía cuatro meses, al ver que el dinero faltaba en casa. Vivían en Zamora, donde él había trabajado en una fábrica de dulces. A través de la propia empresa ella había encontrado una buena casa y los señoritos habían encontrado una sirvienta de confianza.

I

Cuando acabó de vestirse y se disponía a salir hacia la casa en la que estaba de asistenta por horas, se sintió que iba sucia.

En su casa no había facilidades para el aseo corporal, pero es que además ella se sentía una derrotada social, y nada le movía a cumplir las mínimas normas para ser bien considerada.

Encima, tenía la regla. Ya no usaba compresas, lo hacía para ahorrar, e incluso había desempolvado la antigua costumbre de su abuela de utilizar unos paños específicos para dicho uso.

Aún recordaba, entre toda la ropa tendida, los tres o cuatro trapos que desconcertaban su inquieta curiosidad que pretendía repasar todo lo que sus ojos veían en las cuerdas.

Estaba deseando que pasaran los dos años que le separaban de los 45, para que se le retirara la menstruación. Siempre había creído que la menopausia llegaba a una edad fija, los 45 años, lo mismo que llega la jubilación, pero es que incluso imaginaba la vida, tras ese momento, como una jubilación de la esclavitud sexual.

Después que se retire la regla ya no se pueden tener relaciones, había oído, y eso le apetecía... así Antúnez le dejaría de babear.

Y el caso es que, en cuanto traspasaba la puerta, no ya de la casa, sino sólo la del portal, se sentía extraña. El lujo le producía una sensación indescifrable, misteriosa y, curiosamente, corporal.

Aquel día, el aliento de buena temperatura que la envolvió al entrar, le hizo hasta ruborizarse de lo a gusto que se encontró.

El señor la saludó feliz. Qué atractivo, inteligente y elegante era el señor. Y encima más simpático y más joven que Antúnez.

Cómo le hubiera gustado ser querida por un hombre así, pero... qué tonta era, esos hombres no estaban hechos para ella.

- “Hola Vicenta, los que se van a duchar te saludan”- Le dijo el niño, que para tener doce años era muy despierto y utilizaba la toalla como toga.

Sus señoritos tenían, no dos hijos, tenían la parejita.

Allí, en la casa donde servía Vicenta, todo era como un sueño, no faltaba nada, se respiraba éxito, había felicidad; el contraste de aquel hogar con la familia de Vicenta era un contraste feroz.

III

Llevó a la niña al colegio, hizo la compra, y al volver, como era costumbre, entró en la habitación a despertar a Angélica, la señora.

Hasta el nombre le gustaba, pensaba Vicenta, recordando que el suyo era otra de las cosas que le habían hecho considerarse "con mala suerte en la 
vida.

A Angélica no le faltaba nada que una mujer pudiera desear para sí misma. 

Hasta al levantarse parecía salir, en vez de la cama, de las páginas de VOGUE. Vicenta sintió envidia.

IV

Recordó que el primer día que descubrió que en su interior crecía la envidia, fue aquel en que al oírles decir, en una cena de matrimonios, que lo peor que podría pasar era que Izquierda Unida entrara en el Ayuntamiento, ella decidió votar a ese grupo.

Su marido votaba al PSOE porque decía que era un partido obrero y le ordenaba que hiciera lo mismo, pero ella esta vez votó a Izquierda Unida, sólo para hacer daño a sus jefes y a ese mundo de sus jefes al que todo parecía salirle siempre bien.

Es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos que un camello pase a través del ojo de una aguja.

Recordó de repente aquello que le oyó al cura del pueblo cuando la preparaba, junto con los niños de su quinta, para la primera comunión.

Ja. Ya lo creo que es difícil para los ricos entrar en el cielo ¡como que ya están allí! Pensó socarrona.

V

 Mientras Angélica se tomaba un baño, Vicenta ordenaba, como era costumbre ya, el dormitorio.

Al recoger algo del suelo, entre un papel estrujado había un preservativo que se deslizó obsceno, dejando escapar su licuado contenido.

Vicenta, mirando la cama, imaginó la apasionada noche de amor que seguro habían tenido sus señores.

Recordó el cine y tantas historias de grandes amores que se realizaban entre besos y abrazos. Sin embargo, ella miraba atrás y difícilmente localizaba la última noche en que sintió amor, pasión y sexo.

Pijamas de seda, sábanas de satén, una buena temperatura,... aquel dormitorio era para Vicenta como un santuario para el amor.

VI

Angélica regresó del baño. Era una diosa y Vicenta, una vez más, al verla se sintió poca cosa, llena de turbación y envidia.

Guapa, rica, inteligente, simpática y feliz, para cualquiera y siempre, estaría claro quién de las dos era la criada. Aquel día sin embargo notó algo que no había sentido otras veces, estaba llena de agresividad.

Desde el día anterior y toda la noche le había estado dando vueltas al tema.

VII

Odiaba el turrón duro. Le recordaba la Navidad, una época de obligada felicidad en que tenía que trabajar el doble y gastar el triple para conseguir una alegría de plástico en su casa, pero además el turrón duro le recordaba que tenía la boca llena de caries y que no había podido tomarlo con placer desde hacía años.

"¡Maldito turrón duro!, ya está aquí de nuevo".

- Vicenta, ¿qué tiempo hace?, no sé qué ponerme-.

Se volvió con fuerza y furiosa, no podía más; Angélica había entrado a la cocina en ropa interior. Vicenta la golpeó una, dos y hasta tres veces, con precisión y energía.

Fueron golpes secos, asestados todos en el mismo sitio. Que los ricos tengan todo había sido hasta entonces digerible para Vicenta, pero que hasta pudieran, siendo feos, dejar de serlo, había sido para ella insoportable.

El día anterior su señorita, gentil como de costumbre, le había mostrado una foto de cuando era joven; tenía una nariz horrorosa, era una chica fea.

Aquella preciosidad había sido fea, pero hoy, gracias a que contó con dinero y medios para una operación, consiguió cambiar su destino.

Todo aquello, la existencia de tanta suerte y poder en manos de unos pocos, le resultó una burla inaguantable a Vicenta y, tomando la tableta del odiado turrón duro, golpeó a Angélica con inusitada violencia y puntería en la nariz, rompiéndosela.

Pero Vicenta no pudo disfrutar tampoco del placer de la venganza, porque Angélica, que era del OPUS, aun consciente de la fractura de su nariz la perdonó.

Paco Molina. Zamora. Años 80 del siglo XX


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