jueves, 28 de enero de 2016

LA PRINCESITA SAMORA

LA PRINCESITA SAMORA

Este era un Rey que tenía tres hijas: Samora, Bellavente y Toresana.

Que este Rey no era otro que el Rey Poder, amado y temido al mismo tiempo; lo primero porque se desvivía por todos, dándoles libertad para hablar y buscar trabajo, así como quien se salta de cuando en vez el protocolo, y temido porque aunque él no lo descara no le queda otro remedio, al que manda, que recordaré a sus súbditos que dependen de Su Graciosa Majestad.

Así las cosas era de imaginar que tal rey sería un rey feliz, pero hete aquí que no eran las cosas como parecían.

Su gran bondad hacía que si a su pueblo lo quería como un rey puede querer a su pueblo, lo que es a sus hijas las adoraba, hasta el punto que no tenía su Majestad otra misión en este mundo que la de respetar la Constitución y el casar a sus hijas.

No tuvo ningún problema con la bella Bellavente, pues bien dotada, y arropada con unos buenos cruzados mágicos de autovías, que realzaban sus fuentes de energía pronto fue deseada por los príncipes del Dinero correspondientes, y desposo sin problema, dando a luz riqueza en abundancia, que abarcaban desde “tablicias" hasta otras cosas más raras que ahora no recuerdo amiguitos, pero que tampoco son al caso.

Casi al cien por mil se repitió la historia con la benjamina de la familia, la Bonita Toresana, que alegre como el vino y amorosa como una huerta de ricos frutales, desde chiquita ya era una tentación y por eso su problema no fue encontrar marido para ella, sino más bien al contrario, evitar que se casara con un pretendiente inadecuado, que infanta como era no iba a casar con el primer bodeguero que le dijera un "a ti te exprimía yo, chorvita”.

Sin embargo, lo que con la segunda y la tercera de las amadas niñas de sus ojos fue fácil y sencillo, con la mayor, con Samora, se tornó complicado.

Cierto es que ella no ayudaba mucho, pues a lo poco gentil que la naturaleza fue a la hora de darle encantos, unía la princesita Samora un desdén y un descuido por los cuidados de su presencia que la hacían parecer menos de lo que parecía.

Eso conformó en ella un carácter conformista e incluso huraño, haciendo que en vez de resaltar sus encantos, por pocos que fueran, se encerrara en si misma y en una enclaustración espiritual que mas parecía de clausura, tornada siempre hacia su Semana Santa.

Ante este panorama, el rey, sumamente inteligente como todos los reyes, enseguida vio que Samora se iba a quedar "para vestir santos".

Pero un padre, en cuanto varón, de sobra sabe que no hay mejor futuro para una hija que el matrimonio, máxime ahora que los esposos ayudan mucho en casa.

Además era la mayor y debía darle hijos para que no hubiera problemas sucesorios.

Así que.

La dotó dejándola en herencia la capitalidad del capital.

"De esta manera, pensó el sabio rey Poder, siendo mi hija Samora la más rica de todas las princesas habrá cola de hombres desprendidos (de perjuicios estéticos) que buscarán desposarse con ella”.

Ante esto tal vez penséis, amiguitas y amiguitos, que nuestro rey no era tan listo como por el cargo le correspondía, pues parece una felonía casar a una hija con cualquiera con tal de casarla.

Mas no olvidéis nunca pequeñines, que entre todos los reyes del mundo, hasta el mas tonto hace relojes, y así el rey Poder añadió en su razonamiento:

"Para ser feliz o no, no hace falta elegir mucho, que todos los hombres iguales son para esa función. La cuestión está en saber elegir al más capaz, que si capaz es, ya le dará a mi hija, aunque sea de rey, lo que toda hija de vecina quiere, que ellas lo saben de sobra, en cuanto que pronto comprenden que se equivocaron de hombre y amor, y lo que priva es el euro".

Así que, ni corto ni perezoso, un Edicto Real sacó, que era Bando Matrimonial, que en castellano decía:

“Yo, el Rey Poder, a mi hija primogénita Samora dejo la capitalidad, y permitiré que se case con ella quien demuestre mayor sabiduría, inteligencia e ingenio, para lo cual todos los pretendientes deberán pasar una única prueba: Descubrir que se puede hacer con el "Ente Ferial”.


Francisco Molina. La Opinión de Zamora. 28 de Octubre del año 2002

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