martes, 19 de enero de 2016

LA ZAMORA DE PASIÓN

LA ZAMORA DE PASIÓN

Todas las personas somos iguales no porque sean iguales nuestras virtudes, cualidades o espíritus, somos iguales porque son iguales nuestras bajas pasiones.

Todas las personas tenemos el instinto básico (baja pasión de querer alimentarnos, de buscar un lugar seguro, de proteger nuestra salud, de ser vagos salvo para hacer eso que nos garantice comida, vivienda y salud.

Nuestro instinto de vivir es tan fuerte que mataríamos para no morir, instinto bajo donde los haya.

Como bajo y básico es ese instinto que nos lleva a elegir el placer y evitar el displacer (el dolor, lo amargo, lo triste).

Y entre los placeres, el que algunos llaman sexual y otros "lo más rico del mundo", es el que nos subyuga, hasta tal punto que algunos humanos con tal de tener garantizada su ración de sexo no dudan en estar toda su vida con la misma pareja, agarrados al más vale pájaro en mano que ciento en discoteca, lo cual es síntoma de vicio donde los haya.

Así pues, querer combatir el hambre, tener tendencia a la vagancia, exigir un trabajo para poder garantizar la vivienda y los cuidados, buscar como desfogar a placer, todo eso, son las necesidades consustanciales, básicas y elementales del animal humano.

Y como esas necesidades básicas las tenemos todos y todas, es por lo que todos y todas somos iguales, rematadamente iguales; y por lo tanto debemos de buscar y luchar, solo, por cubrir esas necesidades que nos son a la vez básicas y sublimes.

Todo lo demás son zarandajas. Son mentiras del poder que a lo largo de los tiempos ha querido separarnos (a unos de otros, y a todos del buscar solo lo básico, que es lo bueno).

Y para separarnos se han inventado mil culturas, mil religiones, mil naciones, mil nombres, mil bobadas, que pretenden hacernos creer que somos diferentes y que por ello tenemos otras necesidades que satisfacer.

Ahora es Serbia. Resulta que unos son eslavos y otros albaneses. unos de rito ortodoxo y otros musulmanes, y ya está liada.

De nuevo una guerra franca en la que, como en todas, solo mueren los trabajadores, el pueblo de cada bando (fíjate que hasta los tres presos de la OTAN son hispanos de EE UU, o sea gente sencilla).

Es decir. Miles de personas que solo necesitan comida, vivienda, salud y mucho sexo, están muriendo en una guerra, o sufriendo en vida, en la que según la OTAN los buenos nos gastamos 15.000 millones al día, lo que indica que para ellos habría de sobra con suspender la guerra, y darles lo que se gasta en matarlos para salvarlos.

Todos somos lo mismo, por eso, cuando decimos “Zamora" debemos hacerlo solo para hacernos entender, pero quien se crea que ser de aquí nos hace de una especie especial, es que ya ha caído en la trampa del poder para tenernos siempre a sus órdenes.

No somos diferentes, ni mejores, ni peores que nadie. Y lo acabamos de vivir una vez más. Veamos.

Antes de Semana Santa estalló una guerra en la que en los dos bandos mueren y sufren los mismos, los que si no tienen trabajo (aunque sea de soldados) no les dejan comer, ni tener casa, ni medico, ni sexo.

Pues bien estalló una guerra y así como si en vez de eso, si lo que hubiera ocurrido era que se muriera el obispo (no lo quiera Dios) seguro que a alguien se le hubiera ocurrido tener un detalle, como por ejemplo poner un lazo negro en los capirotes, sin embargo ante una guerra, es decir ante tanto sufrimiento de uno y otro bando hemos negado a Cristo (la realidad) tres veces... haciéndonos los locos... que nadie nos venga a fastidiar la fiesta.

Demostrando que somos igual que todos, preferimos el placer al displacer.


FRANCISCO MOLINA. La Opinión de Zamora. 15 de Abril de 1999. 
Imperecedero

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